Bar Palentino

Irati Martínez Larumbe

Nacida en Pamplona en 1994, Irati Martínez Larumbe se mudó a Madrid con la intención de escribir, leer y observar. En sus paseos cayó prendida de la ciudad. Periodista de profesión, va buscando historias allá donde se llevan sus piernas. Actualmente residiendo en tierra de nadie. Cuando menos lo espere, regresará a Madrid.

 

Pamplona // Madrid

De entre todos los bares de Malasaña, de entre todas las tabernas, cervecerías, cafeterías, vinotecas y cafés literarios, he elegido aquel que desde hace 80 años linda con la calle Pez y Molino del Viento.

 

Son las cuatro de la tarde de un martes, pero no cualquier martes. El último martes. Y mañana será el último miércoles y pasado mañana el último jueves. Y el viernes ya no será nada, porque la barra estará vacía, las puertas estarán cerradas y la persiana estará echada.

 

Me siento en el taburete más cercano a la entrada. A mi lado una mujer come con ímpetu un sándwich mixto y la yema del huevo resbala por su barbilla regresando al plato. Pero ella no se da cuenta porque habla sin cesar con la mujer que está detrás de la barra, a quien unos segundos después pido un café con leche.

Y mientras lo endulzo y revuelvo en ese vaso alto, tan clásico, en el que me han servido la bebida humeante, miro hacia el interior del establecimiento. Y veo las paredes color crema y la pintura que está algo desconchada. Y los techos, tan altos y cuadriculados que terminan en un arco chato. Y los espejos que reflejan a los últimos clientes, quienes también se sienten melancólicos. Y las servilletas de papel fino hechas una pelota en el suelo. Y veo a un hombre con el periódico abierto de par en par frente a otro café como el que me han servido. Come un pepito mientras lee y el jugo del filete de ternera salpica a cada mordisco la barra. Y puedo alcanzar a ver las escaleras que descienden al servicio y al almacén. Y mirando tras la barra veo fotografías antiguas, un ramo de rosas blancas en un jarrón, botellas de todos los licores, vasos, platos y una plancha donde hacen los pepitos y los sándwiches junto a un tarro enorme de mantequilla. Y el viejo televisor, que apenas se sostiene a metro y medio sobre mi cabeza. Y aunque no vea a Casto y no se le vuelva a ver por aquí, porque el jueves es el último día y sobre todo porque ya no está entre nosotros, de alguna manera todos los aquí presentes este martes a las cuatro de la tarde tenemos la imponente sensación de que va a dejarse caer de un momento a otro. De que esa puerta de cristal y metal se abrirá y aparecerá con su espalda encorvada y su pelo blanco y su gran nariz. Y sus ojos hundidos y sus gruesas manos con sus gruesos dedos llenos de gruesos callos. 

 

Y mientras bebo mi café pienso en todo esto y en todos los días y todas las noches que he frecuentado el bar. Y en que no volverá a suceder, porque ya ha pasado. Y me entristece. Pero es de este tipo de tristeza que te reconforta porque sabes que ha sido para bien, que ha sido algo bueno. Porque el bar ha formado parte de mí, al igual que ha formado parte de muchos otros y otras. Pero sobre todo, ha sido parte del barrio y de la gente del barrio y durante 80 años ha acogido dentro y fuera de la esquina de la calle Pez con Molino del Viento a innumerables generaciones, a gente de a pie pero también a escritores, pintoras, músicos y actores. Y eso es historia de un barrio y de una ciudad y perdurará en su memoria por siempre.

 

-¿Es usted Mª Dolores?- pregunta una voz tras de mí-.

- Sí.

- Le acompaño en el sentimiento.

- Gracias- responde, dando la espalda a su clientela para continuar con todo lo que tiene que hacer antes del jueves, que es el último día.

 

(En memoria de Don Casto Herrezuelo y en agradecimiento a Mª Dolores (Loli) López y a su familia. En honor a El Palentino, que permanecerá por siempre en la memoria colectiva del barrio de Malasaña)

fron//tera

Amparo 81, salón